—Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.
—¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna—porque no te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan sencillamente—, cuando se le ha ocurrido otra combinación más sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un escandalazo.
—Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría coro, diciendo que estoy...
Me toqué la frente con el dedo.
—¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie hiciste daño!
—Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he de sufrir por lo que dañé?
—Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados... ¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal... Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha mediado...
Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica dinero.
—No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una prevención... sobrado justa.
—¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración de una mujer de mala vida y de un boticario...