—Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado averiguar?...

—Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué chiquillada!...

Bajando la voz:

—También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por el lago... Dice...

—Cuanto diga, es cierto.

—¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si la tratabas mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...

—Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para él.

—¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra «locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...

—De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su concepto científico, no es error probablemente.

—Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas, en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata... En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la desbarataré. No temas; la desbarato.