—Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...
—¡Ea, que no!—gritó impetuosamente, abrazándome—. No es Dios quien te ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!
—Lo sé...—exclamo, con acento significativo—. Lo que no hace falta, es compadecerme. Soy aquí dichosa.
Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.
—¿Y Torcuata?—pregunto.
—Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.
—No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo encargo mucho.
—Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las únicas que hablan de tí con entusiasmo.
—¿De veras?
—¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los altares...