—Eladia, para servir á la señora.

—Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy tupido.

II

Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica, concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también. Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud, reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y sabrosa cual la aceituna.

Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios, me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.

—¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana, al despertarme en una habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia?

—¡Ojalá!—gimió él.

—¡Muchas gracias, mala persona!

—Ya comprendes por qué lo digo.

—Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía, pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano D. Juan Clímaco?