—En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada.
—¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas de la rama menesterosa, de la rama infeliz?
—Es la verdad, Natalia... Pero—añadió como alegando disculpa—por lo mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te quería.
Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé:
—¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?
La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.
—Eso es cruel—tartamudeó.—No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo supieses!
—Don Genaro—respondí—razonemos. No me pinte usted lo que no ha existido, ¿Es querer á una muchacha tenerla recluída, darle una mesada que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y tramar una conjura para meterla en un convento?
—Que no sabes lo que te dices—terqueó él—. Cuando se trató de que abrazases ese estado—el más feliz para una mujer—, aun vivía Dieguito, el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?
Medité un instante, cogiéndome la barba.