—Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían que Dieguito se enamorase de mi?

—¡De absurdo en absurdo!—Violenta indignación soliviantaba á Farnesio.

Yo insistí, pesada:

—Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo derecho á entender.

—Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres? Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...

Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con ansiedad, me interrogó:

—¿Por qué no la diste un beso?

Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé cómo—pero con mímica expresiva—, manifesté la repulsión á la hipótesis del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:

—¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí...

Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada, rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible.