—Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es verdad?
Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que acababan de traerme—¡milagro de rapidez!—de la Siempreviva, especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á Farnesio... ¿Me querrá este vejete, ó es un solapado enemigo? El callaba, extático.
—¿De modo que soy poderosa?—pregunté.
—¡Ya lo creo!
—Y diga usted...—¡Diga usted!—¿Tenía joyas doña Catalina?
Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con dignidad.
—Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú, hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.
El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento, convenientemente refrescado, será el mío.
El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador, sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La forma de la nariz, el corte de cara... ¿Qué tiene de particular? Bien cercanos parientes somos.
Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy peripuesta.