Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo. Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito. Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La lingerie elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el segundo—hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta habitación—un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla espléndida, que da indicios de no haberse usado apenas; sería doña Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas, jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros, blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas.

Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he poseído! En mis viajes á Madrid—tan cortos, de horas—me paraba ante los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa, en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra prueba más convincente...

¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra, de brillantes; hay el soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches, sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado!

Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas. Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas y rubíes—C. M., Catalina Mascareñas—. Todos encierran retratos, fotografías ya pálidas. Un niño—será Dieguito—un señor de levita, sin barba—, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas.

—En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña... ¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más personal! ¿Sería verdad que, como afirma Farnesio, me quería mucho? Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á meditar en balde.

¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta, en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios, que para mí serían bastantes?

Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos, cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas, medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad, un derrame. La idea toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea. Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente, hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los peligrosos, sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás rincones de la casa, porque nada hallaré.

Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos, rojean los inflados ojos.

—¿Qué tal?—me dice.—¿Te has enterado bien de lo que te pertenece?

—¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.