—No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.
—Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y hasta parece que...—Hice ademán de alzar el codo.
—Ya que estás enterada...—balbuceó, turbadísimo, D. Antón.
—Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.
Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza, sentencioso.
—Vamos á ver—insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de biblioteca—todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...
—¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las Dominicales. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.
—¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?
—¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad, el amor; su odio á la vida toma esa forma.
—El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.