—Negocio verá en ello. Que si no...

—¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?

—¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.

—Creo que tiene usted razón—asentí—. Y en lo de ahora, ya viviré prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus advertencias.

—Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.

¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las manos la antorcha. Me has enseñado, buen maestro, lo que no sabes. ¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la honra de mi madre!

Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída completamente...

Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes, criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo, un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata, imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su hija. Catalina se une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla. Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato, han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio, la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio, hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada (el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo, en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña, que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo. Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe, á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados. La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No! El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...

A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto ¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja, se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un mundo en que hasta sufro privaciones.

Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces cesa la catequización... Sobreviene la larga enfermedad de doña Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo consigue!—Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior, prontamente lo soluciono. Me quedo con mis padres oficiales. Si lo fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración, pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia que él ha querido que existiese...