—Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.

—¡Es muy justo! No comprendo—aquí que hablamos sin hipocresía—más religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en eso se basa...

Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas, fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó á mucha gente, y en que—éste era su caballo de batalla—los cuerpos de los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas—, repetía—, y echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me he remontado á las fuentes!»

III
Los procos.

I
EPISODIO SOÑADO

Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!

La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas, azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.

¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está, clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia quién?

No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?