Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las últimas funciones de la temporada—este año la Pascua cae muy tarde—encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente—porque Farnesio, cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados párpados—me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de antemano, la sinfonía de Lohengrin.

Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad ó preñadas, en meses mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no, atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...? Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche, pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como Elsa de Brabante, habremos vivido.

El preludio acentúa su magnífico crescendo. Saboreo el escalofrío del tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y Telramondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.

Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase Cristalli,—y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino como el choque de dos copas muselina.—¿Su edad? Rasurado, con los suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.

Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente, clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación de levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada carne?

La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber, qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en el aire?

Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad, amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro los ojos; me basta escuchar, cuando el raconto se alza, impregnado de caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el raconto se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre, pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La pasión íntima que late en el raconto, aquel ideal hecho vida, me corta la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme; tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un infinito.

«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»

Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y murmurarme las inefables palabras...

Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del foyer, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli. «Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.