Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón tendí la tela de un devaneo psíquico...
Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, encargados ad hoc para que no raspen su garganta, absorbiendo Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata, pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado, propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y caracterizan el ágape de los apasionados del divo.
Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y, despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos sale un cuchicheo.
—¿Quién es?
—No la conozco.
II
EL DE POLILLA
Una mañana, ¡sorpresa!—Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón, pidiéndome familiarmente de almorzar.
Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los cuerpos de los niños mártires...
—Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación, Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía Carranza? También por acá se es erudito.