Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la serre, al retirarse los criados, se espontánea.

—¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!; temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar; pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo. ¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador, arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual, pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio eminente.

—¿Chartreuse verde ó amarilla?

—Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar. Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?

—No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona?

—¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.

—Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran pretendiente?

—Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio.

—Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño como un grano de centeno.

—Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin, mañana verás al original.