—Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta exigencia...

—Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo, compañero de estudios, que se casó con una prima mía, y en su casa, en el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer. ¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen...

—¿Se llama?

—Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la Gobernación colectiva del Estado, del Sudor fecundo, de Los explotadores, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.

—Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega.

En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el aceitoso licor—, y, tiernamente, me tomó las manos.

—¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios. Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!

—¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo?

—¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello ideal!

Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi luto.—Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo metálico, las notas de la Rêverie de Manon, cantada por Anselmi.