—Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?
—¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...
—Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal...
—Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo, sino á la humanidad entera.
—¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones de hombres como componen la humanidad! ¿Más chartreuse?
Y, notando la emoción del filántropo, transijo.
—Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana.
—Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza, soy yo cien veces.
—¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?
—Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi razón...