—Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado? Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes...
Sintió el floretazo y se aturdió.
—Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario, preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.
Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que termina la sentimental rêverie. Me estorbaba, en aquel instante, Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando malignidades.
—Venga Aparicio, pues.
—¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha criado en los salones. Su talento es de otro género; género superior. ¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?
Batí palmas.
—Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía, no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto, se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi cuenta.
Polilla trepidaba.
—¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y eso es muy bonito...