Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...
Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer, yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes del Manzanares, la fisonomía especial de los tipos populares que en ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña, ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos ellos—mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos fumaduras—me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y tedio infinito.—He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar tiernamente y redimir!
Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme, de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar «medio centimito», los comentarios.
—¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!
Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren manosear el lujo, á ver si se les pega.
Y acaso por primera vez—al salvarme de la turba entre las arboledas—medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco, trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...
Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo...
Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde; es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...
Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que esta es mi primera cita de amor...