Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida ampliamente la bocanada de fragancia amargosa—tomillo, jara, brezo, menta—, sobre el sendero que alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres.
Representamos la comedieta.—¡Usted por aquí, D. Antón!—Y lo demás. Autorizado, se acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara, de un tono en que la palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y veo su pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por la juventud, sus ojos azules, miopes, indecisos detrás de los quevedos, que le han abierto un surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de corta estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no hay peor que atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume barato y á brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros. Sus botas, nuevas también, rechinan.
Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al coche, con gran descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en cuando lanza un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con sus dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás le exaspera doblemente la mala perfumería.
La conversación se entabla, algo embarazosa. El intelectual, sentado junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado á sociedad, con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de sus obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que, verboso, se explaye. Todo el mal de la humanidad—según él—dimana de la autoridad, de las leyes y de las religiones...
—¿No se escandalizará esta señorita?
—No por cierto... Escucho encantada...
—Hay que aspirar á una sociedad natural, directa, que se funde únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar...
Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué advendrá el día en que...
—Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran transformación no tiene después. No es de esos movimientos que duran un día, un mes, un año, y crean algo estable que, por el hecho de serlo, es malo ya. Para que la evolución se realice libremente y sin trabas, toda autoridad habrá de desaparecer de la tierra.
Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el vacío, pues nadie le impugna: