—De un taller de modista. Y habrás notado que está enteramente por hacer. Diamante en bruto.
—Ssss! Ya se sabe: pero la madera...
—Soberbia. De patente. Hoy es el primer día que trabaja en tres actos. Nunca ha pasado de piececillas.
—Y dí, hombre: ¿hace tiempo que la enseñas?
—Medio año ó poco más; pero... Ejeem!
Aquí Gormaz entornó los ojos.
—Pero puede decirse que no la he enseñado nada... En el ensayo de hoy me he tomado algún trabajo, porque venías tú... Nada más, hijo...
—¿Pues cómo es eso?
—Te diré... Es que...—y bajó la voz, mientras jugaba con la cadenilla de oro de Estrella.—Es que aquí... mi posición... ya ves tú... tiene sus compromisillos, eh? Aquí todas aspiran á oirse llamar artistas, y á leerlo en los periódicos... Si distinguiese á esa y me parase más en darle lecciones... se me pondrían las demás como avispas... Una diablura... Que no se puede. Las otras tienen más amigos en la sociedad y en la Junta directiva: hay una que es cuñada del secretario; otra que es hija del contador... Ya hoy las tengo hechas un vinagre conmigo, por lo poco que me dediqué ayer á sacar partido de esa... Para darle el papel principal he tenido que urdir mil enredos, diciendo que el de Consuelo es insignificante, y que los verdaderos papeles trágico y cómico de la obra, son el de la madre y la criada... En fin, ya ves que si he de sostenerme en mi puesto, me conviene alguna prudencia...
—Ya estoy... Pero á mí en tu caso, me sería difícil... ¡Ay chico! En los tiempos que corremos, cuando se ve algo que promete valer alguna cosa... Porque la verdad es que no hay ni esto... Qué decadencia!