Oía Juncal, y poniendo las manos en los hombros del artillero, respondió vagamente, cual si hablase consigo mismo:
—En efecto.... no hay duda que.... Realmente, ¿quién mejor? La verdad es...
Miró don Gabriel, sonriéndose de alegría, al médico. Su corazón se dilataba dulcemente con la confidencia, y se le ocurría que por la serena atmósfera revoloteaba un porvenir dichoso, columpiado en el espacio infinito, como la mariposilla blanca, que una superstición popular cree nuncio de dicha. Clavó sus ojos garzos en el médico: la luz del día hacía centellear en ellos filamentos de derretido oro. Se había guardado los quevedos en el bolsillo, y parpadeaba como suelen los miopes cuando la claridad les deslumbra.
—Francamente, Juncal, no conozco á mi sobrina Manuela ni sé.... ¿Cómo es?
—El retrato de su difunta madre, que esté en gloria—respondió muy cristianamente el tremendo clerófobo Juncal.
—¡De su madre!—repitió el artillero extasiado.
—Pero más buena moza, no despreciando á la pobre señorita... La madre era... algo bisoja y delgada... Esta mira derecho, y tiene unos ojazos como moras maduras.... Alta, carnes apretaditas, morena con tanto andar al sol... buenas trenzas de pelo negro... y bien constituída. No digamos que sea una chica hermosísima, porque no tiene las perfecciones allá hechas á torno; pero puede campar en cualquier parte... Vaya si puede.
—Si se parece á Nucha, para mí ha de ser un serafín, don Máximo.
—Y á usted se parece también, no se ría, señor de Pardo... Ya sabe que á usted lo saqué yo ayer en el coche, por su hermana.
—Siempre hay eso que se llama aire de familia... Don Máximo, mire usted que aún no he empezado, como quien dice, á preguntar lo que quiero saber. Yo he sido franco con usted, ¿usted lo será conmigo?