—De manera que si V. toma á guasa estas cuestiones, entonces....—exclamó con ira Cáñamo.
—Eso no, ¡vive Dios!—replicó Febrero, á cuya cara trigueña subió una llamarada de sangre, y cuyos ojos brillaron.—¡Eso no! Tan por lo serio las tomo.... que no las discuto con V.
—Señor mío, esa apreciación.... sobre todo entendida al pie de la letra....
—Señor mío, es V. muy dueño de entenderla al pie de lo que le plazca.... y de continuar ilustrándonos....
—¡Quiá! (respondió verdoso de despecho Siete patíbulos); si quien nos ha de ilustrar es V. De V. aprenderemos aquella peregrina y curiosa noticia, de que el crimen empieza en el reino vegetal.... ¿Qué, Vds. no lo sabían? Pues Sr. Palmares, Sr. Nozales, el mejor día tendrán Vds. que juzgar y condenar á cadena perpetua á algún puñado de alfalfa ó á algún pimiento.... porque según el Sr. de Febrero.... (¿á que no se atreve ahora á repetir la excentricidad?) hay plantas delincuentes, plantas ladronas y plantas asesinas.... asesinas, pero no crean Vds. que así de cualquier modo, sino con premeditación, alevosía, ensañamiento.... ¡todas las agravantes!
—Y diría la verdad el que lo dijese—advirtió Moragas recordando algo que había leído en su Revue de Psychiatrie. Son las plantas insectívoras.... Ya lo creo que asesinan....
Las carcajadas del grupo no dejaron á Moragas explicar el fenómeno. Arturito había ganado mucho terreno al convencer á su adversario de sostener tan extravagante tesis. Febrero hacía señas á Moragas de que callase, pero Moragas insistió:
—Según eso, ¿se reirán Vds. de la criminalidad en las bestias? Pues la hay, y penalidad también. ¿No se acuerdan de que, en la Biblia, la ley de Moisés condena á muerte al buey que cause la de un hombre? ¿No hemos leído hace poco en los diarios que habían procesado á un toro, no recuerdo por cual desaguisado análogo?