—¡Por vida!.... ¡Voto á sanes!
Y Moragas intervino con vivacidad:
—Sr. Nozales, no sirve.... Aquí no estamos dramatizando una acusación, á lo Meléndez Valdés.... El honrado carretero era un borrachón muy holgazán y muy bárbaro, que le daba á su mujer cada paliza.... Esa noche gastaba una curditis que no se podía tener; sólo así se explica que se dejase matar sin el menor conato de defensa. Y en cuanto á que fué por gozar de una impura pasión...., dicen que ya la gozaban sin necesidad de matarlo, y que él estaba perfectamente al cabo de la calle.... Así pues, algo hay ahí...., algún misterio, algún enigma psicológico, ó fisiológico, ó las dos cosas, y á Vds., señores míos, toca esclarecerlo.
—Ya he dicho que no prejuzgo....—advirtió Nozales mordiéndose los labios.
—No prejuzga V.... pero acusa....
—Nada...., á estos señores, ¿sabe V. lo que hay que decirles, para que estén contentos?—intervino Siete patíbulos.—Pues hay que decirles que todo delincuente se encuentra en estado de demencia, y que sólo por eso cometió el crimen. Yo tengo un sobrinito que pega á sus hermanas; y cuando su madre le riñe, ¿acierten por dónde sale el chiquillo? Dice que no lo pudo remediar: que le subió por el estómago una cosa, una cosa...., y que, al llegar á la mano, se le convirtió en bofetada.... Estos de la impulsión irresistible son como el rapaz...., y si á aquel lo curamos á fuerza de azotes, á estos....
—¿Nos daría V. una azotaina?—interrogó Febrero mirando á Cáñamo con soberana insolencia festiva.—Ya me lo sospechaba yo, Sr. de Cáñamo. Ya suponía que, por gusto de V., restableceríamos en todo su esplendor el trato de cuerda, las pesas, el potro, las cuñas, las seis azumbres de agua echadas por un embudo, con otros modos finos de preguntar que gastaban nuestros insignes abuelos. Y también pondríamos en vigor la mutilación de manos y pies, la perforación de la lengua con hierro candente, las pencas, las mujeres untadas de miel y emplumadas, los hombres hechos cuartos y la marca roja en las espaldas.... Toda la penalidad infamatoria y torturadora, de la cual conservan Vds. con tanto celo lo poco que resta.... Y ¡ay del que toque á esos restos!.... ¿verdad, Sr. de Cáñamo? Eso es el Sancta Sanctorum....
La fisonomía verdosa de Cáñamo se contrajo, y sus acentuados pómulos palidecieron de enojo: su voz era temblona y furiosa al contestar:
—Ya.... ya.... ya sé que ahí va á parar todo...., que ese es el objetivo de las supuestas reformas, y el fin á que tienden todas esas infames teorías. ¡Se quiere establecer la irresponsabilidad, para, á su sombra, echar por tierra lo único que sustenta este edificio minado por todas partes, atacando á la sociedad en sus mismos cimientos! ¡Se quiere alcanzar con la piqueta la base, el centro misterioso en que descansan la paz, el orden, la justicia, la concertada marcha de todo el organismo social! ¡Se quiere!...., ¡horror causa el decirlo!...., ¡tocar á la piedra angular, abolir la última pena!....
Al nombrar la última pena, armóse en el grupo una especie de motín: cada cual quería emitir su opinión, objetar, afirmar, negar, discurrir. Pero sobre la marea de tantas opiniones como iban á ilustrar el asunto, sobresalió la voz de Primo Cova, que chillaba en agudo falsete: