—No le toquen Vds. ese punto á Cáñamo.... ¡La pena de muerte! Pues si esa es su parte sensible.... ¿No lo sabían? Ha escrito sobre el asunto en todos los diarios de la región, de la corte y de América, y se calcula que el total de los artículos que lleva publicados podrá pesar así como unos treinta quintales.... Las empresas Funerarias se han asociado para regalarle una corona de abalorio negro.... Ha ilustrado la materia con profundísimas investigaciones; se ha metido en el bolsillo á Becaria, á Filangieri y á Silvela. Sólo nos ha dejado una duda, una incertidumbre horrorosa.... ¡No ha podido decirnos categóricamente cómo se conjuga la primera persona del presente de indicativo del verbo abolir! ¡No acaba de resolver si ha de decirse yo abuelo ó yo abolo! Ya desesperado, optó por la solución mixta y escribió esta copla.... ¡Verán qué copla!
«Mi abuela quiere que abuela
Yo la pena capital:
¡Yo no soy bolo, y no abolo
La garantía social!»
Grandes carcajadas corearon la impertinente gracia de Primo Cova. La conversación perdió su carácter de seriedad, borrándose el sombrío tinte que le comunicara el relato del crimen, y se enzarzó, entre chanzas y epigramas, alentadas por el visible enojo del amoscado Arturito, una contienda puramente gramatical, en que todos echaron su cuarto á espadas sobre si debe decirse abuelo ó abolo, causando indignación y ardientes protestas el parecer de Don Darío Cortés, quien afirmaba que no se dice de un modo ni de otro, sino yo abulo, y alegaba autoridades y razones serias. Es increíble el fuego con que sostuvieron tan mezquina disputa. Olvidadas quedaron las cuestiones que habían principiado á agitarse, el grado de responsabilidad de los criminales y la conveniencia de la última pena; y aquel grupo—relativamente consciente, ilustrado, grave—más encrespado de pronto que el mar en día de tormenta, rompió en frases agrias y batalladoras, cruzó apuestas, voceó hasta echar abajo el Casino y tener que advertirles el mozo que no gritasen, «que se oía mucho desde fuera». Finalmente, varios campeones «se jugaron la cabeza,» por una desinencia de mala muerte, como aquellos griegos de Bizancio que se mataban por el modo de persignarse, ¡mientras cada vez más próximo retumbaba el casco del caballo del invasor!
Tampoco de esto quiso disputar Febrero. Imitando su ejemplo Moragas (que en otra ocasión no dejaría de alborotar, lo mismo que cada quisque), al poco rato salieron juntos abogado y médico, y sin ponerse de acuerdo, sin decirse palabra, apenas doblaron la esquina que conduce al paseo del Terraplén, enlazaron los brazos como personas dispuestas á platicar largamente, á lo cual les convidaba la serenidad del anochecer y la molicie de la atmósfera, ablandada por la primavera y entonada de vez en cuando por un hálito salitroso venido del mar. Ya bogaba en el cielo el ligerísimo esquife de la luna nueva, y el lucero destellaba, como una mirada fija y amorosa de la cual parece que va á desprenderse llanto.
Ninguno de los dos hombres,—que sin estar unidos por antigua ni por fuerte amistad, lo estaban en aquel punto por la afinidad de sus corrientes de pensamiento y de sentimiento,—pronunció palabra hasta verse fuera de la zona de arbolado tupido, recortado y simétrico que forma el lucido y amplio paseo del Terraplén. Y es que por allí no había solamente árboles, sino también seres humanos, paseantes ociosos. Traspasada la última hilera de plátanos y acacias, encontráronse en el Malecón, siempre solitario, y que tiene por horizonte las aguas, entonces apacibles y suavemente rizadas, de la bahía. Moragas fué el primero en estallar (Febrero era, aunque vehemente, más concentrado, y tenía ya el hábito de reprimirse que adquieren á la larga los verdaderos innovadores).
—¿Ha visto V.? ¡Qué caterva! ¡Valiente areópago! Así es que yo no pongo el pie nunca ahí....
—Yo sí suelo ir;—respondió Febrero.—Les dejo hablar, les oigo...., y aprendo, aunque parezca mentira. Y eso que ya delante de mí se recatan ellos bastante. No sé de dónde han sacado que me río de lo que dicen. Lo que no hago es tomar parte en las disputas. Eso no; por nada del mundo. Siendo, como soy, un hombre que se cree nacido para la propaganda, considero que para esta propaganda oral, ni están maduras aquí las conciencias, ni preparado el terreno. No diré que fuese enteramente mala la propaganda oral, siempre que recayese en un auditorio escogido, capaz de recibir la idea con cierta nitidez, y de devolverla y comunicarla, mas sin alterarla mucho. Arrojarla ahí, en el Casino de la Amistad, ó en cualquier Casino, para que la ensucien, la desfiguren y la pisoteen...., eso sí que no lo haré yo.... Sería profanarla...., y profanarla en balde.—No crea V. que no me ha costado aprender á reprimirme, á sonreir y á callar, cuando oigo todo género de atrocidades y de absurdos; á no perder jamás la sangre fría; á esquivar los ataques de los necios malignos, como ese Cáñamo, que siempre me andan buscando las cosquillas para poder decir que me refutan, y á imponerme por mi propia calma y retraimiento, que, tarde ó temprano, hacen efecto en la muchedumbre. Así es que.... me reprimo y me reprimiré, y á mí no me han de meter en ninguna danza ridícula. Ya ve V. lo que ha sido la conversación de hoy; una serie de incoherencias y de extravagancias, y al final una de esas cuestiones gramaticales tan bizantinas y tan empalagosas...., de la cual sacarán todos lo que el negro del sermón. No: no hay más propaganda que la del periódico (sin aceptar tampoco la polémica periodística, á no ser con gente bien educada y de mucho fuste, y claro que me refiero á periódicos de Madrid), la del libro, y la acción parcial sobre la conciencia de algunas personas ilustradas, serias, debidamente preparadas, y que crean en Dios y en el progreso humano...., como cree V.