—Á pies juntillas—aseveró Moragas, deteniéndose un instante y mirando á la bahía, espectáculo cuya magia le parecía mayor en aquel instante.—De lo primero se me figura que no dudo jamás: de lo segundo, sólo me entran hormigueos y escozores al verme entre mucha gente como la de hoy.... Cáñamo, sobre todo, es un tipo.... Asusta pensar que ese hombre aspira á la magistratura.... ¿V. cree que no sería capaz de restablecer el tormento? ¡Como pudiese!

—¿Y qué tendría de extraño? Los tiempos del tormento están muy próximos; son de ayer...., ¡qué digo!, de hoy; esos procedimientos se emplean aún en muchos sitios, y si sacamos bien la cuenta, resulta que hay todavía más humanidad que admite el tormento, que humanidad que lo rechaza. El mundo no tiene hoy por hoy sino una cascarilla de civilización que puede levantarse con un alfiler, apareciendo debajo la barbarie primitiva. No hay que impacientarse: resignarse, tener cuajo.... y hacer lo que se pueda, que unas veces me parece poco y otras muchísimo.... según el humor de que me encuentro y el punto de vista en que me coloco.

Hablando así, habían cruzado la parte de varga del malecón que costea el paseo, y se acercaban al punto donde asombran y obscurecen la superficie de la bahía muchas embarcaciones chicas, vacías, con el velamen arriado, cruzados los remos sobre la borda, inmóviles. Un fuerte y penetrante olor de yodo y algas subía del agua, y allá á lo lejos, los faroles del barrio de la Olmeda trazaban sobre la superficie deshechos rizos de luz. Sin darse cuenta de ello, nuestros paseantes tomaron la dirección del muelle de madera ó Espolón, que les tentaba, por ser en él á aquellas horas la soledad no ya relativa, sino absoluta. Adelantaron por el tablado cimbrador, siempre misteriosamente estremecido por la acción de las olas, aun en días de completa bonanza, como era aquél. Y se internaron, se internaron, cual si al avanzar por aquel camino que, señalando la dirección del Océano, no conducía sino á una luz roja, adelantasen por el fatigoso y desierto Via Crucis del consabido progreso. Á uno y otro lado no tenían sino mar; la tablazón mal junta les dejaba ver bajo sus pies agua, agua sombría; á lo lejos distinguían la enorme mole de una fragata alemana, que había entrado en puerto haría cosa de hora y media, y al extremo del Espolón larguísimo, el mástil de la draga, que se erguía hacia el cielo, como afirmando lo que Moragas acababa de reconocer tan explícitamente—Dios y el progreso humano.

Ya en la punta del Espolón, detuviéronse los dos interlocutores, y convidados por la apacible temperatura, se sentaron en una gruesa viga, con el rostro vuelto hacia la extensión del mar, del cual venía ese aire tónico y esa frescura estimulante que parecen disponer el alma á la lucha y al peligro. La sábana de agua, limitada hacia la derecha por gracioso anfiteatro de redondeadas montañas, extendíase sin término á la izquierda, y á pesar de su completa serenidad, no cesaba un instante de exhalar ese quejido que recuerda el sordo rumor de una multitud humana, ó el bramido del viento al engolfarse en las selvas.

Moragas se volvió hacia Febrero, y en voz baja (aunque allí nadie pudiese oirles) le susurró:

—Para mí el crimen es.... una dolencia, y el criminal, un enfermo. Y esa dolencia puede combatirse, y muchas veces curarse. Castigarse.... ¿por qué? ¿Castiga V. al que tiene un cáncer, al que sufre de una úlcera?

—Ahí empezamos á diferir—respondió Febrero.—V. es, por lo que veo, correccionalista. Yo.... ó voy más allá.... ó me quedo más acá.... No sé. Creo que hay un tipo humano que, por su organización, está dispuesto á ser criminal. No piense V. que supongo que ese hombre nace como un ser extraño, como una anomalía de la especie. Al contrario: es la humanidad la que en su origen fué criminal toda: cuanto más atrás vaya V., ayudado por los escasos datos científicos que ya poseemos, más verá al hombre de las épocas primitivas ejerciendo como cosa corriente el homicidio, el robo, la violación, el canibalismo.... Los actos que más espantan hoy. Aún quedan en el globo ejemplares de lo que pudieron ser las colectividades primitivas, y son los salvajes de ciertas razas. ¿Que hacen los señores supervivientes de la edad de piedra? Comerse los unos á los otros, entregarse libremente al instinto más bestial.... Y lo que en los salvajes permanece en forma colectiva, en los países que llamamos civilizados se presenta como caso aislado.... pero se presenta.... y es á lo que damos el nombre de criminal, cuando realmente debía nombrarse un aparecido, un espectro de otra edad, un resucitado.... ó como se dice en lenguaje científico, un caso de atavismo, no porque en toda familia de criminal haya ascendientes criminales, sino por ser criminal toda la ascendencia del hombre.... Esto que le voy indicando á V., y que Cáñamo llamaría teorías infames, no es sino una aplicación, al estudio de la antropología, de dos profundos dogmas cristianos: el de la caída ó pecado original, y el de la redención.... Por eso á la obra redentora—aunque en mínima parte—podemos cooperar todos, grandes y chicos....

—Así lo he creído siempre—interrumpió con entusiasta alegría Moragas.—En mi esfera, lo he practicado mucho.... siquiera para compensar las ocasiones en que todos tenemos algo de humanidad primitiva.... que son, por mi parte, las sexuales.... ¡Á sangre fría, lo reconozco humildemente!....

Febrero sonrió de la sinceridad conque se expresaba el Doctor, muy notado, en sus tiempos, de afición á faldas.

—Ya ve V.—prosiguió Febrero—que pensando yo así, no hay calumnia más risible que la de acusarme de defensor y amigo de los criminales.... Al oir y leer ciertas críticas que se hacen de los que queremos plantear el estudio y conocimiento racional del crimen, parece que nuestro propósito es santificar el grillete y elevar á los asesinos á la categoría de mártires. Yo estoy á cien leguas de ese sentimentalismo.... ¡Pero métaselo V. en la cabeza á Cáñamo y comparsa!