—Algo de eso me pasa á mí—interrumpió Moragas.—Si no considero precisamente mártires á los criminales, confieso que tengo para ellos una indulgencia, una piedad especial....
—¡Ah!—exclamó el joven abogado.—Lo sé: no tenía V. que decírmelo. Vds., los que creen en el arrepentimiento, en la corrección y en la enmienda, proceden impulsados por el sentimiento; empapados en ciertas ideas profundamente cristianas, son Vds. redentoristas: para Vds. carece de valor el fenómeno de la reincidencia, que tanto nos da en qué pensar á nosotros. Pues mire V.: la sabiduría popular les desmiente á Vds.: «El lobo dejará los dientes, pero no las mientes. Quien malas mañas ha, tarde ó nunca las perderá. Genio y figura, hasta la sepultura....» ¡El sentimiento! No importa que V. sea todo un hombre de ciencia, ni que en los asuntos de su profesión esté habituado á aplicar plenamente el método experimental y positivo.... En esto del estudio del crimen, procede V. también por sentimiento, lo mismo que Cáñamo.... ¡No se asuste! El necio de Cáñamo obedece al sentimiento; pero al sentimiento malo, inconfesable, indigno, del rencor, el miedo y la venganza. El criminal, para él, es un enemigo personal; el verdugo, un aliado y un defensor; el patíbulo, la piedra angular. ¿Quién lo duda? Cáñamo se inspira en la primitiva ley de la humanidad, que fué la del talión: ojo por ojo y diente por diente. Y así como todavía viven entre nosotros ejemplares de humanidad primitiva, todavía ese espíritu de venganza personal subsiste en los códigos. El origen de la idea de justicia es egoísta; empieza por el sentimiento de la propia defensa; en cuanto al concepto puro, desinteresado, moral, de justicia.... ese todavía está en estado de lo que los alemanes llaman werden. ¡La Humanidad es una persona colectiva que, con los siglos, va mejorándose y arreglándose.... y tal vez acabe por llegar á ser la gran persona!.... ¡Vea usted por donde yo también resulto correccionalista.... pero no del individuo, sino de la especie!
—¿De modo que V.... no condena en absoluto la pena capital, que á mí me parece una ignominia de la sociedad?—preguntó alarmado el Doctor.
—No la condeno en absoluto; no por cierto—confirmó el abogado con cierta solemnidad.—Lo que proscribo sin rebozo y á boca llena, es la pena de muerte como represalias y el concepto de vindicta pública. Eso me parece tan odioso y tan repugnante, que.... le voy á confesar á V. mi debilidad: á pesar del interés que debieran inspirarme esa clase de estudios, y la obligación que en cierto modo me he impuesto de practicarlos, los días anteriores á una ejecución, cuando principian á anunciarla los periódicos, me entra un desasosiego, una especie de cuartana de león, y tan perturbado me pongo, que tengo que marcharme al campo. Es una ridiculez, y yo desearía curarme de ella, porque realmente.... me conviene, nos conviene á los innovadores, en este terreno, y en todos, mucha sangre fría; la impasibilidad conque Vds. los médicos amputan un miembro ó registran un tejido.... Sí, créalo V.; el enemigo que principalmente necesitamos combatir es el sentimiento, los entes metafísicos que obstruyen el camino de la razón.... Necesitamos ser un témpano.... ¡un témpano que piensa!
—Yo creo, amigo Lucio—objetó Moragas—que en eso no la acierta V. Para todo hace falta ímpetu, calor y entusiasmo. La razón alumbra, pero sólo mueve la voluntad. La generación joven actual es fría, es demasiado morigerada, ve demasiado los inconvenientes de la propaganda, el ridículo, la calumnia, las contradicciones de todo género que sufren los que prueban á batir en algún terreno las cataratas del pensar. Los casi viejos—porque yo estoy mucho más cerca de los cincuenta que de los cuarenta—somos los únicos que conservamos el fuego sagrado. Aquí me tiene V. á mí, que lo que necesito es esforzarme en contener cierto quijotismo, eso que V. llama redentorismo, que me brota á cada instante, y que si no lo tuviese á raya, ¡qué sé yo! ¡Pues eso, eso, y no el hielo perenne de la reflexión, es lo que se necesita para cooperar á la obra.... para poner el granito de arena....! Carecen Vds. de pasión....
—Puede ser.... No crea V. que no se me ha ocurrido....—asintió Febrero.—Nuestra aspiración es puramente científica. Queremos suprimir esas concepciones morales que nos estorban. Queremos sustituir al estudio abstracto de la entidad crimen, el estudio concreto del sujeto criminal. Decimos como Vds. que no conocemos enfermedades, sino enfermos.... Fuera el ontologismo.... Al que el vulgo llama hombre culpable, nosotros le llamamos únicamente hombre peligroso.... Borramos la idea de castigo, y la reemplazamos con la de método curativo.... Cuando eliminemos, nuestra acción será análoga á la de Vds. cuando aplican una sangría suelta al hidrófobo.... Y si vemos medio de evitar esa sangría, crea V. que la evitaremos.
—¡Eso espero!—respondió Moragas calurosamente.—¡Busquen Vds., indaguen el modo—que debe de haberlo—para borrar de la frente de nuestra época ese horror grotesco que se llama el cadalso, y para suprimir ese enigma social que se llama el verdugo!
Al decir esto, Moragas creía oir, en el chapoteo del agua contra los pies derechos y pilotes que sostenían el Espolón, la voz ronca de Juan Rojo y los ahogados gemidos de Telmo.
—Bien sabe V. que el cadalso no está en olor de santidad para nosotros,—respondió el joven letrado.—Tenemos mil razones para despreciar, literalmente despreciar, ese aparato de la justicia, tal cual hoy se ejerce. Observe V. el movimiento de las conciencias: estúdielo V. y note que uno de los pocos sentimientos medio-evales que persisten y hasta aumentan, es el odio al verdugo. El verdugo es hoy más paria que en la Edad Media. Existe, indeterminada, pero enérgica, la convicción de que no es más que un asesino pagado por la sociedad. Y vamos.... raciocinando...., ¿qué más da quitar la vida diciendo «fallamos que debemos condenar y condenamos....», que dando vuelta á una palanca? Pues el caso es que para el magistrado, respeto, y para el verdugo, reprobación. Note V. que en algunas naciones muy adelantadas, verbi gracia los Estados Unidos, se aspira sólo á quitar el verdugo, conservando la última pena. Ó se lincha,—lo cual revela un estado anárquico, pero franco y juvenil, en que todos juzgan y ejecutan,—ó se mata por la electricidad, en que el verdugo no existe. De todos modos, á mí no me horripila mucho más un verdugo auténtico, que esos sustentáculos del garrote, como Cáñamo....