—Según eso, ¿no recelaría V. entrar en relación con el oficial público—preguntó Moragas esperanzado—estudiarle, conocerle?....
—No lo recelaré en otro círculo más amplio. Aquí no, porque.... mi reino no es de Marineda. Por lo demás, creo que el estudio del verdugo, que está por hacer, completaría el de los criminales. Todo verdugo es necesariamente un caso, una anomalía regresiva, una monstruosidad psicológica.—Su situación es muchísimo más extraña que la del criminal.—Pero aquí.... ¡qué diablos! Vale más no ver á semejante alimaña.—Á quien veremos, y nos reuniremos para verla, si V. quiere, es á la parricida de la Erbeda y á su compañero; no ahora, mientras dura el alboroto y la vocinglería de los primeros instantes, sino después, cuando haya sido fallada la causa; en fin, en alguno de esos períodos en que el público olvida al criminal en la cárcel. ¿Dice V. que esa mujer tiene aspecto dulce?
—Lo tiene;—afirmó Moragas—tanto lo tiene, que se quedará V. asombrado si la ve. Yo no puedo olvidar su aspecto. Necesito hacer un esfuerzo sobre mí mismo, para no erigirme en protector suyo. Amigo Febrero: dichoso V. para quien los objetos sensibles toman forma de ecuación ó de algoritmo. Aquí me tiene V. con medio siglo encima, con bastantes desengaños.... y capaz todavía, por haber visto pasar á una mujer joven, modesta, atada y entre civiles.... de ponerme completamente en ridículo.
—¡Pues cuidadito!—advirtió Lucio.—¡Mire V. que eso quieren los Cáñamos!
X
Despedido de Febrero, Moragas subió á su casa cinco minutos, volviendo á bajar transformado: sin levita, sin guantes, embozado en la capa, un tanto ladeado el honguillo. Diríase que acudía á alguna clandestina cita, ó á algún conventículo de conspiradores.—Todo menos aturdir entonces los barrios con el estrépito de su berlina.—Iba con ese andar cauteloso y furtivo que se llama paso de lobo, y pronto salvó el Páramo de Solares y se metió, campo de Belona arriba, por la calle del Peñascal, que había de conducirle á la del Faro.
Ya allí, seguro de que nadie le seguía ni le observaba, tendió la vista en derredor, y registró el lugar, asaz significativo y melancólico. Los sitios que un hombre habita y las mansiones que elige, dicen siempre al observador algo de su espíritu y de su alma. No en balde eligiera Rojo por residencia aquel rancho, precisamente la última casa del pueblo, más allá de la cual.... sólo se alzaban las tapias blancas y frías del Camposanto. Aquel hombre tenía que ser vecino de la muerte, y vivir así, en el rancho sombrío con puertas y ventanas bermejas, parecido á sucio paño sobre el cual se extendiesen grandes placas de sangre. No en vano tampoco los cinco ranchos que enlazaban el de Rojo con las demás casas de la población se encontraban siempre deshabitados; sin duda nadie había querido ocupar aquellas barracas siniestras, contaminadas por la inmediata vecindad del hombre ignominia. No en vano tampoco, la campiña de los arrabales, que hasta allí ostentara notas simpáticas, de índole labriega—un pajar ó meda de paja de maíz, un carro desuncido, algún arbolillo en que las yemas comenzaban á desabrochar, algún patatal próximo á dar flor—se revestía, en torno del infame rancho, de tan hosca aridez, rompiendo en breñas negras y calvas ó desarrollándose en terrenos baldíos y arenosos. Y por último, no en vano servía de fondo al rancho y al cementerio, el mar; pero no aquel mar de bahía suave, arrullador, rumoroso, que en la punta del Espolón había coreado con armonioso acento un diálogo de pensadores, sino el amplio, libre, y estruendoso Cantábrico, que con tumbo ya ronco, ya sonoro, ya quejumbroso y lúgubre, ya airado y furibundo, azota la escollera, muerde retorciéndose el playal, escala los cantiles que guarnecen el pequeño promontorio del Faro, y los corona de nevado diluvio de espuma bravía, tan pronto batida como deshecha.
—El sitio lo expresa todo—pensaba Moragas.—Este hombre, oprobio de la sociedad, no podía vivir sino aquí, en una especie de cubil de fiera. Mas en buena ley y justicia, si así vive este hombre, Cáñamo y los que piensan como él debían agruparse en un barrio especial: el barrio donde radicasen la Audiencia, la Cárcel, el Penal, el campo de la Horca y la misma casa de Rojo. Ellos, los que han creado á este indefinible ser, no cumplían con menos que levantarle el entredicho y hacer respetar en él lo que entienden por justicia.... Sí, pues váyanles con eso.... Capaces serían, por no acercarse á él, de dejar pudrirse al muchacho, víctima del estado social de su padre.