Calculando así, y olvidando que la víspera tampoco él quería asistir al chico (lo cual demuestra que Moragas había andado mucho camino en veinticuatro horas), determinóse á efectuar lo que llamaba allá en sus adentros bajada á los infiernos, y volviéndose y girando las pupilas, observó si alguien podía verle entrar en el rancho. Cerciorado de que no había por allí fisgones, apoyó la mano en el pestillo.... y este movimiento hizo renacer la aversión y repugnancia de la víspera, algo que podía llamarse un espanto frío, de esos que no van acompañados de ningún temor positivo y real. Venció esta impresión; venció también la que le produjo ver en el zaguán, arrimada á la pared, una escalera, que le recordaba la que en otros tiempos llevaban en el sombrero los verdugos, como símbolo de la horca; y lo mismo que en cierta ocasión se había arrojado á un charco fétido para sacar á un niño que se ahogaba, arrojóse al interior de la sórdida vivienda.

La Marinera no andaba por allí: sólo el padre velaba á la cabecera de Telmo. No cruzaron palabra en los primeros instantes el Doctor y Rojo. Éste se puso en pie, y aquél aplicó la mano á la cabeza entrapajada, y luego el termómetro á la axila del paciente. Cuando lo sacó, sacudió y consultó á la luz, vió que había cuarenta grados de devoradora calentura.

—¿Ha comido?

—Ni chispa, señor. Naranjadas.

—¿Le ha dado V. la antipirina?

—Sí, señor. Todo lo que V. mandó. Por la mañana estuvo despejadito, aunque se quejaba mucho. Se ha recargado á la tarde.

—Pues mañana ó esta noche, cuando se despeje, caldo de substancia. Tal vez la fiebre esté sostenida por la debilidad.

—Debe de ser eso, porque delira; es decir, ahora está amodorrado, y de repente se pone á charlar y dice cosas.... tremendas.

—¿Cosas tremendas?—preguntó Moragas dejando la capa en una silla, porque se disponía á reconocer debidamente las lesiones del niño.—¿Y qué cosas tremendas son esas que dice su hijo de V.?