—Siempre está con que es valiente y con que puede con todos.... y que le tiren más piedras, que por eso no se rinde.... Todo se le vuelve «me mataréis, me mataréis, pero no diréis que quedé vencido.... Soy el general Haches y el general Erres.... No tengo ejército, pero basto yo; yo defiendo el castillo.... Vengan piedras....» Sospecho, Sr. D. Pelayo, que á esta criatura le han jugado una partida atroz los chiquillos del Instituto: puede decirse que lo han reventado á pedradas.
—Si es así, efectivamente es tremendo.... aunque natural y explicable.
No contestó Rojo: gruñó sordamente, y volvió á instalarse, de pie, á la cabecera del herido. Moragas, entretanto, alzaba suavemente el apósito para reconocer el estado de las lesiones en la cabeza, y, levantando la sábana, se informaba del dislocado pie. Deseoso, más que de reconocer y estudiar aquellas lastimaduras físicas, de echar la sonda en otros dolores, se volvió á Rojo:
—Supongo que V. se fijará bien en lo que hay que hacerle al niño, y seguirá todas mis instrucciones.... Porque V. debe de querer mucho á esta criatura.
Rojo se encogió de hombros.
—No tiene uno otra cosa,—respondió opacamente.
Cumplido el deber profesional, minuciosamente examinado el enfermo, dadas las instrucciones de palabra y por escrito, Moragas podía retirarse, pero consta de seguro que en vez de hacerlo, tomó una silla y se colocó en ella como quien no tiene urgencia. La víspera por la mañana, desmentiría él con tedio y enojo al que le pronosticase que había de tomar asiento en semejante mansión. Haciéndose el distraído y acariciándose maquinalmente las patillas, clavó en Rojo sus pupilas grises, llenas de luz, y preguntó como al descuido:
—¿No tuvo V. más hijos nunca?
—Sí, señor.... otro murió de pequeñito.... de sarampión.... Era una chiquilla.
—¡Feliz ella!—comentó Moragas en tono expresivo.—Crea V.,—prosiguió con la misma solemnidad,—que si me llama V. á asistir á esa criatura, y veo que su vida pende de una dosis de cualquier medicamento ó de una sajadura de bisturí...., yo, que por salvar á un niño soy capaz de echarme en un horno ardiendo...., creo que me meto las manos en los bolsillos, y dejo morir sin escrúpulo á su hija de V.