Rojo ni protestó, ni mostró que le sublevasen tan duras palabras. Su mirada, esquiva y errante, recorría las junturas del piso, y sus labios, color de violeta, se agitaban como si quisiesen dar salida á cláusulas mal formadas y á truncados razonamientos. Al cabo balbuceó:

—Tiene V..... tiene V. muchísima razón. El mayor favor que V. le podía hacer al.... al angelito, era.... dejarla morir. Ella sí que está bien. ¡Dichosa de ella!

Al oir Moragas estas expresiones, alegrósele el espíritu, pareciéndole que tomaba buen sesgo el interrogatorio que proyectaba.

—Según eso,—preguntó,—V. comprende perfectamente cuál es su posición, y cuál la de sus hijos, originada por la de V.

—¿No lo he de comprender?

—Pero....—insistió el Doctor,—¿lo comprende V. por completo? ¿Se da V. cuenta clara y exacta del destino que le está reservado á ese pobre rapaz que delira en esa cama? ¿Puede V. formarse idea de su presente y de su porvenir, de los odios y las humillaciones que le deja V. por infamante herencia, de lo que es hoy y de lo que será mañana? ¿Se hace V. cargo de que este niño, si fuese capaz de calcular, como calculamos los viejos, debiera, en vez de pedir á Dios que le conserve su padre, pedir que se lo quite?

Ninguna respuesta dió al pronto Rojo á estas resueltas palabras, conque el Doctor entraba en materia, cortando intrépidamente por lo sano. Sólo su azoramiento pudo descubrir que el Doctor había puesto el dedo en lo más enconado de la llaga. Al fin rompió en interrumpidas frases.

—Demasiado se hace uno cargo de todo.... No es uno ninguna persona que ni vea ni entienda.... Y mejor es que uno ni hable ni se acuerde de eso, porque cuando no tienen remedio las cosas....

—¡Al contrario!—interrumpió Moragas con energía.—¡Hay que acordarse de eso....; hay que hablar de eso, y mucho! Puesto que se ha encontrado V. con Moragas, no ha de poder decirse que el encuentro fué inútil y vano. V. ha venido á consultar conmigo una enfermedad del cuerpo...., y aunque tiene V. la enfermedad, y muy séria, lo de menos en V. es ese padecimiento.... De lo que V. está enfermo es de la conciencia, y ha contagiado V. á ese inocente, que por culpa de V. se halla fuera de la ley y camino del presidio. ¿No le hace á V. reflexionar el hecho que V. mismo me refiere, de que para apedrear á su hijo de V. se hayan asociado todos los alumnos del Instituto? ¿No ve V. ahí claro el porvenir de este chiquillo? Para apedreado le destina V., y apedreado será toda su vida. ¿Por qué no lo estrangula V...., V. que tiene por oficio estrangular?

Con tal vehemencia pronunció Moragas estas palabras, arrastrado por el impulso, que Rojo se puso, más que pálido, lívido, sintiendo como latigazos de alambre en el alma; y no sin alguna aspereza, contestó: