—Á otra cosa me podrá ganar cualquiera, pero no á querer á mi hijo, y por mí sería rey de España. Si no lo es, no tengo yo la culpa. Una cosa es hablar y otra pasar por los casos de la vida de un hombre. Con mis manos no he de matar al hijo; ahora, si Dios se lo lleva...., él saldrá ganando y yo también.

Estas últimas palabras fueron acompañadas de una especie de gemido ronco, y Juan Rojo, olvidando ya toda etiqueta social, se derrumbó en un escaño, escondió entre las manos la cabeza, y dió señales de aflicción ó más bien de hosco dolor.

Moragas se levantó. Cada vez era más vivo su deseo de saber la historia de Rojo. Sabida ésta, bien se podía calcular y comprender si Rojo era ó no redimible. Empezaba á sentir Moragas la generosa fiebre, el ansia de bajar á los infiernos para sacar de ellos un alma...., y algo también el gustillo de mostrarle á Febrero que en todo fango, en la ciénaga más inmunda y vil, hay una perla que á fuerza de bondad y de abnegación se encuentra, si se busca bien.—Acercóse á Rojo y le tocó en un hombro, estremeciéndose.... Rojo no se movió.

—No sirve apurarse ni descorazonarse. Ya le he dicho á V. que nuestro encuentro ha de haber sido para bien. Algo he de hacer por ese niño, que valga más que aplicarle unas vendas y reducirle una dislocación....

Rojo se puso en pie. Su cara inexpresiva, angulosa, obscura, se iluminó todo lo que podía iluminarse.... con una luz sorda, esbozando una especie de sonrisa, operación á que no estaban habituados sus labios; y como si, para salvarse de morir ahogado, quisiese cogerse á una columna, tendió los brazos hacia el cuerpo de Moragas, quien, redentorista y todo, se echó atrás prontamente.—Lo que no hizo Rojo fué hablar. ¿Para qué? Su actitud bastaba.

—Á ver,—ordenó Moragas, comprendiendo que ya tenía á su disposición y arbitrio á aquel hombre.—Siéntese V. otra vez...., así...., lejos de la cama, porque no molestemos al enfermo.... ¿Cómo se llama?.... ¿Cómo se llama su hijo de V.?

—Telmo, señor.

—Pues para no incomodar á Telmo, póngase V. ahí...., cerca de la ventana...., así.... Yo también traigo mi silla.... Bien.... Ahora me va V. á contar toda su historia, punto por punto...., y cómo llegó V. á tomar.... un oficio tan cochino y vil.

—D. Pelayo,—respondió Rojo en voz siempre ronca, y manoteando torpemente.—V. me ha de dispensar.... Yo.... en personas ignorantes y llenas de preocupaciones...., pues.... no me admiro de que digan ciertas cosas. Pero de una persona ilustrada.... no deja de chocarme. No tome á mal ningún dicho mío...., porque la mala explicación de las personas.... Quiero decir, vamos, que eso de oficio cochino y vil...., yo ya sé que lo dicen las mujeres de la plaza; aun ayer me lo espetó la borrachona de la Jarreta; mire V. qué princesa para despreciar á nadie.... Ahora, V., que tiene otra instrucción y otros conocimientos...., creí, la verdad, que no diese pábulo á esas.... aprensiones. Cansado estoy...., ¡sí! ¡muy cansado! de oir á cada paso «infamia, infamia, vileza, vileza....» Infamia, ¿por qué? Vileza, ¿por qué? ¿Qué hago yo para que todos me canten el sonsonete de la vileza y de la infamia?—prosiguió Rojo, con la lengua ya expedita y el habla caldeada por la indignación hasta casi adquirir el temple de la elocuencia.—¿Robo yo el pan de nadie? ¿Soy algún criminal? ¿Soy un falsario? ¿Falto, ni en tanto así, á la ley? ¡Nadie más que yo la respeta.... y la cumple! ¡Á ver, señor de Moragas, si V. con su buen talento me aclara este enigma!