Moragas oía reprimiéndose. Si al ver á Rojo humillado sentía cierta compasión, cuando Rojo se crecía y se revolvía contra la sociedad, á seguir su impulso, le hubiese escupido y abofeteado. El silencio de Moragas infundió ánimos á Rojo, que prosiguió:
—Sí, señor: ¡yo soy tan hombre de bien, ó más, como cualquiera de los que me vuelven la espalda y me tratan lo mismo que á un perro! Nadie me podrá probar que yo haya cometido el delito más leve. ¡Delitos! ¡Crímenes! Por mí deja de haberlos: si no es por mí...., á paseo la justicia. No soy un funcionario cualquiera.... soy el primero, el más indispensable. Á veces paso por la calle Mayor, y están allí muy tiesos y muy fonchos los señores de la Audiencia, el Fiscal, el mismo señor Presidente.... Les saluda uno, y ni contestan: vuelven la cara, y hacen que no le ven á uno.... ¡Qué risa me da!.... ¡Cómo me río.... por dentro! (Rojo se rió convulsivamente.) ¡Qué ellos sentencien.... y que yo no cumpla.... y verá V. en qué para todo eso de la justicia! ¡Figúrese V. que yo me cuadro.... y que otro como yo se cuadra.... que nos declaramos en huelga los oficiales públicos...., y verá V. á los magistrados con la obligación de cumplir ellos mismos lo que sentenciaron! ¡Á los magistrados!.... Y qué, ¿no soy yo tan magistrado como ellos? ¡Soy el magistrado último.... el que falla sin casación posible!.... La justicia, sin mí.... ¡valiente paparrucha! ¡La justicia.... soy yo! (gritó dándose con el puño en el pecho).
No creyó Moragas oportuno emprender la refutación de estos desesperados sofismas, al menos por entonces. Las palabras y argumentos de Rojo le aumentaban el deseo de saber su historia, y de remontarse hasta los turbios orígenes de aquella existencia humana. Parecióle mejor dejar pasar el arranque de acibarada soberbia del hombre maldito, contestando sólo irónicamente:
—Todo eso será muy verdad, y á V. le sobrará la razón y V. será el magistrado supremo, y, sin embargo, acaba V. de decirme no hace tres minutos que se alegraba de haber perdido en tierna edad á una niñita, y que, si se muriese Telmo, él saldría ganando y V. también.
—Eso es otra cosa....—afirmó Rojo.—Si me va V. por ese lado.... Preocupaciones y tonterías es lo que me rodea, y yo bien me las paso por cualquier parte, siempre que no tropiezan en el niño.... Por mí...., estoy contentísimo, y no me trueco por nadie,—afirmó con alarde que desmentían sus temblorosos labios.—¡Pero.... los hijos.... duelen, duelen muchísimo! ¡Más de cuatro cavilaciones y de cuatro noches sin pegar ojo.... son por ellos, por ellos.... Uno puede con todo.... Y si le solivianta lo de las infamias y de las vilezas, es porque eso le tizna la frente al niño...., que está inocente como los mismos ángeles del cielo!
Moragas acercó más su silla á la de Rojo; sonrió, se mordió la punta del sedoso mostacho, limpió con el blanco pañuelo los quevedos de oro, se los caló, estiró los puños tersos y limpios de la camisa, y guiñando un tanto los párpados, como el que quiere reconcentrar la fuerza visual, preguntó á Rojo:
—Diga V...., ¿V. ha estudiado en sus mocedades? ¿Ha seguido V. alguna carrera?
Y Rojo, como el que dice la cosa más natural del mundo, respondió:
—Sí, señor.... Yo estudié para cura.