XI

El rostro de Moragas, que por su excesiva movilidad y flexibilidad parecía á veces de goma elástica, se dilató de sorpresa, y á renglón seguido, por extraña inmixtión del elemento humorístico en aquella conversación tan fúnebre y acerba, disparó el Doctor la mayor y más franca carcajada que habían oído jamás las paredes de la barraca de Rojo.

—¿Conque para cura? Bien.... ¡De primera! Si V. no me lo dice, capaz hubiese sido yo de adivinarlo. ¡Para cura! Pues ahora, si no tiene V. inconveniente.... sírvase decirme cómo ha pegado el gran brinco, desde el hisopo hasta....

Un ademán expresivo completó la frase. Rojo, dócilmente, con ese tonillo enfático que la clase social más inferior adopta para narrar los sucesos de su propia vida, respondió:

—Estudié hasta dos años de latín en el Seminario de Badajoz. Y me entraba bien el estudio....

—¿Es V. extremeño?

—No señor. Nací en Galicia. Mi padre era de aquí, y mi madre portuguesa. Pero la carrera de mi padre, que era militar y de alta graduación, nos hizo viajar por toda España. En Badajoz nacieron algunos de mis hermanos.... porque tuve once; y esos quedamos huérfanos, y cada uno tiró por su lado, á vivir como pudo.

—¿De modo que sentía V. vocación al estado eclesiástico?