—Sí, señor.... ó por lo menos creía sentirla entonces. Á esa edad casi no sabe uno lo que le conviene.... ¡psch! ¡Si lo supiera cuando es más viejo! En el Seminario estaban contentos de mí. Pero el señor Obispo,—que medio me tenía ofrecida una capellanía,—luego se negó á dármela.... y yo no vi esperanzas de salir adelante con la profesión.
—¿Qué hizo V.?
—Me dediqué á seguir la carrera de maestro normal.... Tan pronto como la hube terminado, un amigo mío me tomó de pasante para un colegio que dirigía. El colegio iba sosteniéndose.... así.... aleteando, á trompicones. Lo malo es, que de allí á poco quebró.... Y cáteme V. otra vez en la calle.
—¡Mal sino!
—Entonces caí soldado.
—¿Y qué tal? ¿Cogió V. el chopo?
—¡Qué remedio! Como no pintase en la pared los cuartos para redimirme.... Y puedo decir á boca llena que quedaron mis jefes satisfechos de mi porte. No recibí una reprensión, porque obedecí como una máquina. Los jefes son los jefes, y ellos á mandar y nosotros á callar. Pues yo...., ¡vamos!...., como sabía algo más que mis compañeros...., y obedecía igual que un recluta...., fuí ascendiendo...., primero á cabo...., á sargento después.... Y así que cumplí mi tiempo, conseguí ir á Lugo, á regentear una escuela.
—Veo que tenía V. vocación de maestro,—observó Moragas.