—No me disgustaba la profesión....,—aseveró Rojo;—sólo que andaba traspasado de necesidad.... ¡He pasado mucha miseria entonces.... y después! Lo peor fué que me enamoré de una gallega....
La frase, bien sencilla y con ribetes cómicos, fué pronunciada en tono tan singular, que Moragas no sonrió. Parecióle como si en la auscultación moral que practicaba, de repente se hubiese presentado un sonido especial, delator del verdadero asiento de la dolencia. «Aquí está el mal», le decía su instinto médico, aplicado entonces á la patología del espíritu. «Aquí tienes la clave. Hasta ahora no supiste lo que traías entre manos: la enfermedad se te aparecía embozada, sorda, latente, rebelde á toda investigación. Ya cogiste el hilo.... ¡Tira del cabo, que ya sacarás el ovillo de esta alma!....»
—¿Dice V. que se enamoró de una gallega? (preguntó en alta voz). Pero.... eso.... ¿qué? ¡Se habría V. enamorado de tantísimas mujeres! Al cabo era V. joven....
—No, señor. Yo no me enamoré de muchas mujeres.... Siempre fuí de buena conducta, que nadie pudo poner tacha en mis costumbres. Como si toda la vida tuviese cincuenta años.... Ya ve: salí del Seminario, y.... lo mismo que si no saliera. Nunca me tentaron las rapazadas ni los vicios que veía en otros.
—Pero, en fin (interrumpió Moragas), esa vez se enamoró V. de veras.
—Tan de veras, que me casé, señor.
—¡Ah!—exclamó expresivamente Moragas.
—Y como V. conoce...., la situación del hombre casado se diferencia muchísimo de la del soltero. Yo hasta entonces no había tenido ansia por el mañana: íbamos saliendo del día, y lo que es para mí solo, pelado.... con una taza de caldo había de bastarme y sobrarme. Pero llegaron la mujer y los hijos.... y vi el mundo de otra manera. Con mi escuela no tenía ni para arrimar el puchero á la lumbre. No se pagaba; á cada paso choques con el Ayuntamiento, por si cobro ó si no cobro, y si se me adeudan ó no se me adeudan mensualidades.... Aquello no era vivir, señor de Moragas, y crea V. que mil veces le faltaba á uno el ánimo para todo.... para todo absolutamente. Me acordé entonces de que yo conocía bastante á Don Nicolás María Rivero, que tenía la sartén por el mango.... Me fuí á Madrid, y le vi á él, y también á otro pez muy gordo, de esta tierra, que me acuerdo que me dijo.... asimismo como yo se lo digo á V.: «Vuélvase á Lugo.... Antes de que esté V. allá, se habrá largado el huésped.» ¡Y el huésped era el rey Amadeo! Fué verdad. No llegara yo á los Nogales...., y proclamada la República. Aquel señor no se olvidó de mí: me envió á Orense, con un destino....
—¿Destino? ¿Qué destino?