—En la policía—respondió Rojo en voz más baja y sorda que de ordinario.
—¿De orden público? ¿Mangas verdes?
—No señor.... Aquella fué otra policía, que existía entonces, y ahora se me figura que tal vez no la habrá.... Como la Guardia civil se reconcentraba en los pueblos por las trifulcas, el campo quedaba entregado á las partidas facciosas.... En Orense y Lugo, sobre todo, las aldeas estaban tan mal, que de un día á otro se recelaba un levantamiento. Á mí me colocaron á las órdenes del gobernador de Orense, que por cierto era muy exaltado en ideas. Yo salía á registrar las casas de los curas carlistas, y antes de que saliese, aquel señor, encerrándose conmigo en el despacho, me decía: «Vaya V. Rojo, registre, allane, prenda, entre á saco, haga barbaridades.... Firme en esos carcundas de puñales, que esos son los demonios, esas son las fieras que nos traen á mal traer....» Pero yo....
—¿V. se opuso?—preguntó Moragas, buscando un rayo de esperanza y de luz.—¿V. se negó?
—¡Ya se ve que me negué, mientras no tuve un papel, una orden por escrito, bien clara y terminante! Lo que se ordena de palabra, en el aire se rubrica. Allá va el mandato.... y el hombre que lo cumple, cuando está más satisfecho, se encuentra ahogado y comprometido. La ley tiene que estar escrita, y en no estando escrita, ya no es ley. Así es que yo.... ¡vamos, sin alabarme!, no me apoqué, ni por voces que me daba el Gobernador. Me cuadré, me puse tieso. «Vengan unas letritas de su puño, señor Gobernador, y entonces hablaremos y se hará lo que V. S. disponga. Yo no me meto á allanar una morada sin que me suelten un papel. Papel en mano, que se me ponga delante el mundo.» Y el Gobernador no tuvo más remedio que aflojar el papelito.... Con él hice yo cosas.... tremendas.
—¿Lo declara V. mismo?—interrumpió con severidad Moragas.
—¡No señor...! Cuando digo tremendas.... es un modo de hablar, porque yo no hice más ni menos de lo que me mandaron: en nada me extralimité. Como V. comprenderá, mi obligación era cumplir las instrucciones, obedecer á rajatabla, y no meterme en más honduras.
—Eso es lo que repruebo (articuló Moragas frunciendo el entrecejo severamente, gesto que trazaba, sobre su frente de goma, pensativas arrugas). ¿Cree V. que si me escriben ahora en un papelito «cometerás tal atrocidad» y voy y la cometo, estoy libre de culpa?
Rojo titubeó, no encontrando argumentos contra Moragas.
—Pues señor,—articuló lentamente,—yo creo, con perdón de V., que en respetando la autoridad y obedeciendo á las leyes establecidas, nadie delinque, nadie falta. Y la prueba es que no se me exigió miaja de responsabilidad por semejantes hechos. Yo era mandado, y con obedecer me salvaba. No faltó quien me dijese en aquel entonces: «Verás, verás. Ahora este revoltijo se lo lleva la trampa, y los vidrios rotos los pagas tú.» Y yo, con mi papel en el bolsillo y la firma del Gobernador más clara que las estrellas, de todos me reía. Bien quisieron echarme á presidio...., ¡pero narices!