—Y.... con su mujer...., ¿se llevaba V. bien?
Rojo tembló súbita y visiblemente, y respondió, siempre temblando, en voz apenas perceptible:
—Muy bien.... No teníamos una palabra más alta que otra.
—«He dado en lo vivo»....—pensó Moragas.—«Aquí está la brecha; aquí encontramos los tejidos no gangrenados por la putrefacción del legalismo. Bien. Por ahí el bisturí; por ahí el termo-cauterio».... Y en voz alta:
—Su mujer de V...., ¿vive?
—Sí, señor,—contestó lacónicamente la casi extinguida voz.
—Y....—Moragas no se atrevió á decir más, porque le imponía el temblor de Rojo, á la vez que su instinto médico seguía diciéndole: «Esa es la carne viva. Registra sin miedo.» Completó la fórmula interrogadora con una mirada circular, que expresaba algo parecido á lo que sigue: «Y si vive su mujer de V., ¿cómo es que no se encuentra á la cabecera del niño, ó aseando esta leonera un poco?»
Rojo callaba. Un suspiro entrecortado salió de su pecho. Luego dió dos ó tres palmaditas en la rodilla del pantalón, y murmuró: