—Mi perdición fué venirme de Orense á Marineda. Si yo no vengo aquí.... Aquí me engañaron. Porque yo fuí engañado, señor de Moragas. El atender á consejos.... ¡Y lo harían con buena intención probablemente! Como me veían lleno de necesidad.... Me persuadieron, me dijeron: «No seas bobo. Esto es una ganga, una chiripa.» Yo les respondía (tan cierto como que ahora está V. ahí, sentado en ese banco): «¡Pero si no voy á saber!.... ¡Pero si voy á hacer la plancha!».... Y me contestaban, asimismo como le digo á V.: «Aquí no habrá que trabajar nunca. Los veinte años se pasan, sin que se ejecute ni á un gato.... Y te embolsas treinta y siete duritos cada mes, por estarte cruzado de brazos, paseando las calles.... ¡Treinta y siete duritos!» Ya ve V. que la cosa es para tentar á cualquiera....
—¿Y.... quiénes le decían á V. eso?
—Los amigos....
Moragas sonrió.
—Y su mujer de V., ¿qué opinaba?
Rojo, al nombre de su mujer, contrajo de nuevo la fisonomía. Al fin pronunció, acelerando las palabras y como el que se disculpa:
—Aquella decía que de ningún modo; que ella no se había casado para eso.... Pero al mismo tiempo, la verdad: el dinero le tenía que saber bien; porque ya V. ve, criando y aficionada á las comodidades y muy amiga de la casita llena y de la rica ropa blanca....
Estas palabras salieron quebradas como sollozos. Diríase que Rojo se dirigía á su propia mujer y discutía con ella.—Moragas empezaba á comprender toda la historia de aquel hombre. Estaba viendo á la mujer, delicada, hacendosa, refinada cuanto es posible dentro de su clase, y no refinada en lo material tan sólo, puesto que retrocedía ante la infamia, aunque esa infamia reportase holgura, ropas limpias y descanso.
—De todos modos,—prosiguió Rojo como deseoso de cambiar el giro de sus explicaciones,—fué mi perdición, señor, que la tenía Dios determinada allí. ¿Á que no quiere V. creer que había lo menos seis ó siete aspirantes á la plaza, que ya presentaran sus solicitudes, y con las grandes aldabas, con grandes empeños de todas clases, mientras yo no metí ni una triste cuña? Á la verdad, no sabía yo mismo lo que deseaba.... Por el aquel de que me estaban pinchando y hurgando para que pidiese.... escribí mi solicitud, diciendo que había sido sargento y añadiendo mis certificaciones, y la presenté así, sin más ni más.... ¡Mire V. lo que es el destino de las personas! Á los ocho días, decretada á mi favor, y los de las recomendaciones, á la luna de Valencia.