—Y....,—preguntó Moragas, como quien echa la sonda en un paraje de gran profundidad,—y.... V.... en la guerra.... ó.... en otras circunstancias.... ¿había tenido ya.... ocasión de.... de herir.... ó matar á alguno?
—¿De herir? ¿De matar?—contestó Rojo con indefinible expresión de extrañeza y protesta.—¿De matar? ¿De herir? En los cincuenta y cinco años que llevo de vida, no me acuerdo de haber hecho daño á nadie con mis manos. No entré en acción formal nunca. Si los jefes me mandasen disparar contra el enemigo, dispararía, ¡qué remedio! Pero el caso no llegó. Á mi cargo corrió un año entero la instrucción de quintos, y ninguno puede quejarse de que yo le haya cascado un revés siquiera.
—Pues entonces.... ¿cómo pensaba V. arreglárselas con.... el oficio que iba á tomar?
—¿No le digo,—replicó Rojo dolorosamente,—que fué una cosa que vino así? Yo calculaba: vamos viviendo y cobrando, que ocasión habrá de pensar lo que conviene, cuando lleguen las apuradas. Podía suceder que no llegasen nunca; podía uno morirse sin que llegasen.... y no servía de nada el consumirse antes de tiempo.... Por lo pronto, cobraba mi sueldecito; vivíamos; entretanto, quizás saltase otra colocación; y.... calma y aguardar. Sólo que vino la gorda, como pasa siempre en este mundo, cuando menos se esperaba.... y me encontré atado de pies y manos.... con la obligación delante....
—Inconcebible parece—exclamó Moragas—que pudiese V. resolverse á....
—Y ¿qué quería V. que hiciese? No me había de resistir á la ley. ¿No conoce V., Don Pelayo, que eso era imposible? ¡Ay qué bien se habla! El que manda manda, y los que estamos debajo obedecemos.
—¡Pudo V. decir que no.... y veríamos quien....!
—Me obligarían....
—¿Cómo?
—Me llamarían al despacho del jefe de la ronda secreta.... y.... allí....