—¡Bah! El amor no se para en fruslerías —murmuré por lo bajo.

Calló al pronto, y, por fin, mirándome con serenidad, y desabrochando uno a uno los corchetes que ocultaban las opulentísimas bellezas del busto de la señora de Barrientos, respondiome:

—Eso no se llama amor, sino infamia. Aurorita —añadió alzando la voz—: tráigame usted la antihistérica.

FINAL

Provisto hacía algún tiempo de mi diploma en la Escuela de Caminos, hallábame una noche en Aranjuez, adonde me habían llevado mis primeros deberes profesionales, hospedado en aquella fonda que aún conserva las mamparas de damasco rojo de la época en que se enorgullecía sirviendo de residencia al Príncipe de la Paz. Anunciáronme que había llegado de Madrid un caballero deseoso de verme y saludarme; mandé que entrase al punto, y sin tardanza me dio los brazos Luis Portal, mi condiscípulo y amigote.

Después de las exclamaciones consiguientes, Portal se dispuso a explicarme el objeto de su venida tan a deshora.

—Es bastante raro... Te sorprenderá, pero no hagas aspavientos, que en el fondo no hay de qué... Mañana, en Madrid... ¡Krrr! —e imitaba con la lengua el sonido que hace al abrirse una navaja de muelles—. Tengo el antojo de que tú me apadrines...

—¿Lance?

—No, digo, sí... Boda.

—¿Te casas? —articulé estupefacto—. ¿Así, tan de sopetón? En tu última carta —la recibí hará diez días— ni mentabas intenciones semejantes.