—¿Sola? ¿Sola?

—Con... con un caballero... —respondí no atreviéndome a añadir la más negra.

La bóveda celeste, cayendo sobre la venerable cabeza cana de la señora de Barrientos, no la hubiese aplastado tan pronto. Quiso hablar y no pudo; se echó atrás; se puso carmesí... luego violeta... y exclamó roncamente:

—¡Eeeh... aaah! ¡Se... señ... un... coche... un... hom...! ¡No... no... pue...!

Cogimos entre mi tití y yo a la matrona, que no daba cuenta de sí, y en vilo, pasando las penas del purgatorio, la subimos por la escalera. Entramos en el piso primero como una bomba... Renuncio a describir el espectáculo que ofrecía la casa. Aurora y sus dos hermanitas, abrazadas, lloraban en un rincón... Mi tití me dijo, compadecida:

—¡Búscales, Salustio!... A ver si das con ellos...

—No te apures, Carmiña —contesté—. Ya parecerán. A estas horas de fijo no tienen gana de que les encuentren. ¿Y qué? En vez de casarse Aurora, se casará Camila... Tratándose de hermanas tan unidas, tanto monta.

—¿Pero era el novio de su hermana? —preguntó la tití gravemente.

—¡Qué! ¿no lo sabías?

—No, pero... casi te diré que no me sorprende. Tenía yo mis barruntos... ¡Pobre familia! Los regalos comprados, el equipo listo...