Es el caso que al tiempo de cruzar ante el piso primero, vi entreabrirse suavemente la puerta de las señoras de Barrientos, que era la de la derecha, y salir por ella una mujer, muy velada, que miró con precaución hacia atrás, al recibimiento obscuro, y luego cerró nerviosamente, con mano trémula, procurando hacer el menor ruido posible. Luego, ciñendo más aún el velo a la cara, descendió las escaleras con paso azorado y rápido... sin fijarse en que yo la seguía. En el aspecto, en el talle, en el modo de andar, había conocido a una de las señoritas de Barrientos; pero ¿cuál? Eran a primera vista tan semejantes, que la averiguación se hacía difícil. De todos modos, comprendí que allí pasaba algo de no pequeña importancia. Eché detrás de la señorita, y en el portal la alcancé. Ella, al sentir pasos de alguien que le iba a los alcances, se volvió y ahogó un grito. El velo se entreabrió, y entonces pude distinguir perfectamente las facciones de Camila Barrientos. ¿Por qué asustada? ¿Por qué, en vez de saludarme, huyó de mí en tan insensata carrera, que a mi vez tuve que apretar los talones para no perderla de vista? A diez pasos más allá de la casa estaba parado un coche de punto. Asomó la cabeza por la ventanilla un hombre, y el asombro casi me petrificó cuando reconocí en el que iba dentro y esperaba a Camila, ¡al novio de su hermana Aurora!
Latigazo al jamelgo... Arrancó el coche echando chispas, y allí me quedé yo, sin saber lo que me pasaba... Así que me repuse, empecé a discurrir qué haría. ¿Subir y contárselo a Carmen? ¿Que ella informase a la mamá? Estas dudas me clavaron en el piso de la calle, y allí creo que estaría aún, si un grito desesperado no resonase detrás de mí, y dos damas en pelo, jadeantes, alarmadísimas, en quienes reconocí a Carmen y a la viuda de Barrientos, no se agarrasen cada una de un brazo mío exclamando a la vez:
—¿Ha visto usted a mi niña?
—Camila... ¿por casualidad la has visto salir tú?
—¡Eh! Sí, la he visto... Acabo de verla... —tartamudeé, sin saber a cuál de las dos atendiese.
—¿Por dónde va?
—¿Hacia qué lado tomó?
—¿Te dijo algo?
—¿Cómo no la llamó usted?
—Pero ¡por Dios, señoras!... ¡Si no me dejan ustedes resollar! Ya voy, ya explico... Abrió la puerta con mucho tiento; bajó delante de mí, como si huyese; por más que pretendí alcanzarla no pude. Se tapaba con el velo; iba como trastornada. Ahí en la esquina se ha metido en un simón...