—¿De modo, Carmen —la dije—, que estáis tan amartelados tu marido y tú, que no quepo entre vosotros? ¿Ni de ayuda acertaré a servirte? ¿Te sobro, en toda la extensión de la palabra?

Ella tuvo una de las transiciones que solía de ángel a mujer, o, mejor dicho, a chiquilla ingenua y traviesa. Y mirándome y entornando los ojos con cierta malicia, contestó:

—¡Ay, Salustio! ¡En qué apuro te pondría si aceptase tus proposiciones! ¡Quién te vería pasarte cuatro meses... seis... un añico entero, ayunando al traspaso, como ayunaste el otro domingo!

—¡Búrlate! —exclamé—; haces bien, porque estuve aquel día más sandio aún de lo que piensas. Ponme a prueba hoy, y me portaré como un hombre... Y pues hasta la ocasión de rehabilitarme me quitas... sé al menos benigna en una cosa.

—¿En cuál?

—Confiesa... ea, confiesa que antes de enamoricarte de tu marido... me quisiste un poco... a mí, a este pecador... y en cierta ocasión me cuidaste casi tanto como a él.

—No lo niego... Es decir, lo del cuidado.

—¿Y lo otro?

—No contesto. Solo el contestar sería malo —dijo seriamente—. Vamos allá, que Castro Mera se habrá largado y estará solito el enfermo.

Tuve que seguirla, y entrar con valor. Se me hizo más fácil que el primer día tomar y estrechar la mano del leproso. Me acerqué a él con estudiada naturalidad, y busqué diferentes pretextos para tocarle la ropa y aproximarme bien. A eso de las siete salí de aquella casa, pero estaba decretado que no pasase quince minutos más sin volver a ver a Carmiña.