—¡Voy creyendo que sí, que así debe llamarse!... —respondió firmemente la sacerdotisa del hogar—. Por lo menos crece todos los días... me ha dominado ya... y me recompensa las pocas fatigas que sufro... En términos que ahora —mira tú... ¡no te rías!— me daría así como... envidia... o celos... si otro viniese a compartir mi tarea y a ser para Felipe lo que yo soy actualmente.
—Y él... —pregunté con sarcasmo, para ocultar mi decepción y mi furia— y él ¿qué tal? ¿También estará contigo muy amoroso y tierno?...
—¡Vaya si lo está! —afirmó con efusión indecible, dejando ya, sin rubor alguno, transparentar al borde de sus pestañas las lágrimas—. Si vieses lo que el pobre ha cambiado para mí... te admirarías.
—¿Tan derretido anda? —indiqué irónicamente.
—¡No es eso! —exclamó con su alma entera en los labios la santa mujer—. ¡No finjas que no te enteras, Salustio! Es que ahora... ¿cómo te diría yo? ha caído una valla que había entre nosotros... se ha fundido un gran témpano... y yo no sé... me mira de otro modo... me habla con diferente eco de voz... no puede estar sin mí un instante; no se arregla si yo no le acudo; pero no solamente llama porque me necesita para cuidarle, sino a todas horas: mi compañía la reclama... moralmente; es su único consuelo. Antes, cuando estaba robusto y sano, hablábamos poco... Ahora charla conmigo, me pregunta mil cosas, me suplica que esté siempre cerca... Hasta... ¡mira tú! hasta la llave del dinero... que no la soltaba nunca... pues aquí está, ¿ves? —exclamó sacando el manojito, y repicándolo triunfalmente—. Parece que le han cambiado el alma... o que me la han cambiado a mí... y tal vez será a los dos... Lo cierto es... ¡cuidado que no te engaño!...
Al llegar aquí, sus ojos resplandecieron, su semblante tomó expresión celestial, y sus labios murmuraron suavemente:
—Cuando me casé... tú ya sabes cómo fue aquello... es indudable que yo hubiese preferido... tal vez... no casarme... o... en fin... Pues hoy... si me dicen qué estado elijo... con los ojos cerrados respondo que este entre todos los del mundo; y si me dan a escoger marido... con los ojos cerrados también, digo que el que tengo... ¡y ninguno más!
Clavó en mí sus radiantes pupilas al repetir:
—¡Ninguno... ninguno más!
Yo callaba. Como siempre, tascaba el freno, admiraba, protestando, y al mismo tiempo una voz mofadora preguntaba en mis adentros: «¿Es esto virtud, extravagancia, o desvarío? ¿Llega a estos límites el ideal que tú te has forjado? Que esta mujer cuide y atienda a su marido enfermo, bien; pero que por el hecho de verle así, atacado de mal tan asqueroso, se considere prendada de él y le anteponga a todo el mundo... ¿cabe en lo racional y en lo posible?» Y la voz, contestándose a sí propia, susurraba misteriosamente: «Hay enigmas del sentimiento que la razón más embrolla que aclara. El concepto del deber estricto es insuficiente en ciertas situaciones. Los grandes milagros los hace el amor; las acciones más sublimes vienen de la locura. La tití nunca ha sido una mujer equilibrada y flemática: una mujer equilibrada cuida a su esposo, pero no se entusiasma con él porque esté hecho un montón de lacras y miserias. Donde acaba el raciocinio empieza la iluminación. Esta criatura es una iluminada. Tiene aureola.»