Y la tití, con acento severo y quizás un tanto desdeñoso, repuso:
—Es natural que no lo comprendas. ¡Ojalá llegues a comprenderlo algún día! No te deseo mayor bien.
Se volvió con propósito de marcharse, y yo la detuve por la bata, tembloroso de pena y de coraje.
—Carmen, por Dios... Carmen... ten compasión de mí. Todo lo que aseguras será como el Evangelio... pero explícamelo... Necesito entenderlo... Me vuelvo loco. Es natural, muy natural; está muy en carácter que asistas bien a tu marido, que le cuides, que te desvivas por él, que realices todos esos milagros... ¡Como que tú eres... ya sabes, vamos... no lo repito, no te pongas así! Pero una cosa es eso, y otra el querer... El querer es involuntario, brota de las entrañas. ¿Me vas tú a convencer de que le quieres? Imposible.
Ella accedió, casi risueña, a detenerse; y sentándose en la silla más próxima a la mía, habló confidencialmente.
—Me pones en un apuro, Salustio... ¿Cómo explicártelo? A mí me parece que ciertas cosas no tienen explicadura. Se caen de suyo, y si me haces discurrir sobre ellas, entonces... entonces sí que no las voy a entender. La verdad es que yo fui bastante mala con mi marido mientras estuvo sano. ¿No te acuerdas tú?
—¡Sí me acuerdo! —confirmé ardientemente—. Le profesabas horror... esto sí que no lo discutirás... horror... Cuando se apartaba de ti te ponías contenta y de aspecto saludable...
La tití, al oírme, iba enrojeciéndose, enrojeciéndose, primero por las mejillas, pero luego la oleada de sangre se extendió a la frente, a la barbilla, y hasta creo que por la raíz de los cabellos.
—Pues... —murmuró reprimiéndose acaso para no dar salida a inoportunas lágrimas— precisamente por todo eso que dices, cuanto haga yo ahora es poco para borrar lo de antes, y estoy agradecidísima a Dios que me ha concedido medios de reparar mi conducta. Es cierto que lo hacía así... no se cómo, sin querer y sin poderlo remediar, porque me incitaba una cosa interior, una prevención o una manía; pero no me disculpo, porque las manías raras se vencen; cuando una mujer se casa, adquiere compromisos muy sagrados, y no valen manías ni antojos... Nadie me había obligado a casarme con Felipe, y en vez de quererle, parece que andaba buscando pretextos para apartarme de él... Entonces, Dios... que es tan bueno... se armaría de paciencia, y diría para sí: «¡Hola! ¿Frialdades tenemos? Pues yo haré que te veas en la precisión de acercarte a tu marido... y que no puedas desviarte de él ni un minuto. Yo le mandaré una enfermedad que solo tú tendrás arranque para asistírsela... ¿No has querido admitir en tu corazón el cariño de esposa en las condiciones naturales? Yo haré que lo admitas por medio del sacrificio y de la prueba...» ¿Tú no creerás una cosa, Salustio? Cuando Dios nos manda la copa de ajenjo, si la bebemos de buena gana, sabe a almíbar... y si la tomamos con repugnancia, entonces se nota todo el amargor o más aún del amargor que tiene... Yo al principio (no te lo oculto) hice esto venciéndome, porque me parecía que era mi obligación, mi deber, y un deber hasta de caridad con un prójimo... Pero así que me resolví y dije para mis adentros: «Carmen, Carmen, esto lo has de ejecutar así se hunda el mundo...», me pareció que ya se me quitaba todo el peso del trabajo, ¡y más todavía! que empezaba a entrarme por Felipe una cosa que no había sentido nunca... así como un... un apego... una ley...
—Dilo de una vez... ¿Amor?