—¡Pues sí, el cariño! —afirmó ella con toda la efusión de su alma—. ¿Cómo no han de preferir a aquella persona que más les quiere?

—¡Aquella persona que más les quiere! —repetí como quien no entiende lo que oye.

—Claro. ¿Le ha de querer nadie tanto como yo? —dijo con naturalidad, al par que con fuerza, la esposa.

Sentí un dolor al lado izquierdo, cual si me taladrasen las telillas del corazón con taladro muy fino, fenómeno que siempre he notado cuando un desengaño me hiere o siento profundamente mortificado mi amor propio. Y con agitada respiración, supliqué:

—Carmen, no me engañes. Las mentiras, por generosas y nobles que sean, manchan la boca. Tú no puedes mentir, porque siempre fuiste para mí la verdad personificada. Como si nos oyese Dios...

—Ya nos oye —declaró ella con hermosa solemnidad.

—Pues porque nos oye... contesta: ¿es verdad eso de que quieres a tu marido?

—Más que he querido a nadie en este mundo.

Sentí la puñalada, y en vez de un grito, arrojé secamente esta insigne vulgaridad:

—Pues, hija, no lo comprendo. Pero que aproveche.