—Y tú... —murmuré acercándome a ella y hablando muy bajito— sé franca... ¿sabes... lo que tiene?

El plato chocó con las otras piezas de loza al depositarlo en el estante, y ella respondió tan bajo como había hablado yo mismo:

—Sí.

Un instante callamos los dos. Ella arreglaba, pero ya alterada y febril, y la loza y el cristal se embestían con frecuencia. Fui el primero en recobrar el uso de la palabra, y acercándome y tomándole las manos según acostumbraba otras veces, exclamé:

—Carmiña, mira, tengo que pedirte un favor... pero un favor muy grande... Ya te suelto mujer... Si ya has adivinado de lo que se trata... Atiende; por ahora sufres con mucho valor la asistencia... estás empezando, como quien dice... Lo que has bregado no es nada para lo que puede sobrevenir... Tú no te formas idea de cómo va a ponerse ese hombre... Llegará a criar gusanos en vida —murmuré estremeciéndome y temblando—. ¡Ay! Día vendrá, Carmen, en que no podrás resistir, en que llegarás al límite de tus fuerzas, porque todo en el mundo tiene límite... Pues yo... yo puedo prescindir de estudios y de todo... escucha... y ayudarte, ayudarte... Verás cómo vengo aquí y me porto... Te respondo de mi estómago y de mi voluntad... No llevo mira interesada alguna... quiere decir que no soy el de antes... ¿comprendes? Si falto a mi programa... échame a la calle. Tití... anda... no me lo niegues.

Interrumpida su labor, se quedó ante mí, reflexionando, mirándome fijamente al fondo de las pupilas. Y al cabo, con voz apacible, pronunció:

—Salustio, te lo agradezco muchísimo. Tienes muy buen corazón, y no dudo que te ofreces con el mejor deseo del mundo: además, siendo pariente tan próximo de Felipe, yo no había de impedirte que te acercases a su cama cuando está enfermo. Pero en cuanto que llegue a fatigarme la asistencia... en eso, te equivocas. No me cansará, aunque dure diez años. Tengo muchísima mayor provisión de energía de lo que te figuras.

—Supongamos —insistí— que enfermases, que esa provisión de fuerzas se agotase... ¿Qué harías? ¿No me permitirías auxiliarte, ni siquiera a ratos? ¡Ay, Carmen! No tienes para mí buena voluntad...

—Sí la tengo, sí la tengo —respondió ella—. Solo que tú tampoco te fijas. ¿Crees que los enfermos se acostumbran a todas las personas indistintamente? ¡Quia, hijo! Nones. Se habitúan a una persona... Con Felipe está pasando eso. Si falto yo se desconsuela. Poco me puedo desviar de su lado. A los dos minutos me llama. Desengáñate, los pobres enfermos son caprichosos... ¡y quítales de la cabeza la afición o la costumbre!

—¿Por qué no dices el cariño? —respondí irónicamente.