No contesté. Me levanté disparado. ¡Yo sí que quería plantarme donde la perdiese de vista! Su pelambrera enredada; su bata de rica seda, con el encaje hecho jirones; el chapaleteo de su calzado; su misma hermosura, su frescor intacto después de la noche toledana, me empalagaban como empalaga el último bocadillo de piña de América o de otro dulce muy sápido y gustoso. Bascas de la materia, ¡cuánto asombráis el espíritu! ¡Cuánto le recordáis su origen, su fin, su divina esencia! ¡Lástima que algunas veces os retraséis en el camino, y lleguéis solo en buena sazón para chapuzarnos en las amargas aguas de arrepentimiento de que hablaba el Salmista!

Necesité violentarme para no tratar mal a la desdichada. Comprendí la brutalidad que les entra de sobremesa a ciertos hombres. Me disculpé con jaquecas y molestias gástricas, y ella empeñada en llamar a un médico, en aplicarme compresas de agua de Colonia, en darme caldo... Por fin logré huir de la odiosa prisión, y en casa me lavé de pies a cabeza, cambié de ropa, y me juré a mí mismo ir a la calle de Claudio Coello a borrar la mala impresión de la comida... «Salustio, ahora veremos si eres hombre o pelele. Anoche te portaste... Vergüenza debías tener... ¡Para eso tanto bravatear con el Padre Moreno, y solo con la idea de que el enfermo bebía en aquel mismo vaso, ya no pudiste pasar bocado, ya te pusiste a soñar disparates y acabaste por hacer de una infeliz nada menos que la encarnación de la vida!... No tienes tú, no, el heroísmo sencillo y modesto de Carmen... Y lo que es ella te ha calado... Anoche es seguro que infundiste lástima. ¡Rehabilítate hoy!»

Cuando el propósito de rehabilitación me llevó a casa de mi tío, eran las cinco de la tarde, y la criada, al abrirme la puerta, me indicó que en el comedor encontraría a su señora.

Allí me dirigí, y esta vez Carmen, al verme, no mostró aquella extraña emoción de otras veces, cuando impensadamente me presentaba. Saludome muy cordial, y su fisonomía no perdió la irradiación dulce y serena. Estaba en pie, de bata floja, recogido el pelo al descuido, y arreglando loza en el chinero.

—¡Qué milagro! —la dije—. ¿Cómo no te encuentro al lado del tío Felipe? Me han dicho que no sales de allí.

—Exageración —contestó tranquilamente sin interrumpir su tarea—. El mal no requiere eso, como no sea para que no se aburra de verse solo. ¡Viene tan poca gente! Pero hoy casualmente ha llegado de Pontevedra Castro Mera, y me lo entretendrá un ratito.

Continuó arreglando. Las tazas, las copas, bajo su mano inteligente, se alineaban en orden, y en su bolsillo, a cada movimiento del brazo, se oía, sonoro y claro más que nunca, el tilinteo de las llaves.

—Carmen —pregunté tomando una silla—: ¿y qué te parece del enfermo? ¿Le encuentras mejoría? ¿Esperas que sanará? Nadie puede saberlo mejor que tú que le cuidas.

Se volvió hacia mí con un plato de china en la mano, y antes de responder lo pensó un poco. Luego dijo con voz sinceramente dolorida:

—No encuentro mejoría alguna. Al contrario. Sufre dolores horribles. Se me figura que pierde más terreno del que el médico sospecha.