Me incliné sobre su orejita, encendida como la grana, y murmuré:

—¡Tonta, si es la vida! ¡La vida misma..., una cosa inmensa, que no se concluye! La vida se presenta así..., en olas que van y que vienen y se enfurecen o se aplacan... como un mar... La vida es... una diosa; hubo épocas en que los pueblos la adoraban... La vida es hermosísima; toda se vuelve luces, y flores, y risas, y... No me hables de enfermedades ni de muerte..., ¡cosas tan antipáticas! Morir... sin que se sepa que morimos... es seguir viviendo. ¿Verdad que tú estás... sanita... como las manzanas? ¡Ay, qué sanita!

Ella se rio con expansión de aquellos disparates ordenados.

—La vida... —dije aproximándola más a mí— la vida... eres tú.

—¿Soy yo una diosa, según eso? —preguntó envanecida la pecadora.

—Una diosa..., sí..., ¡ya lo creo!, del paganismo, hija, del paganismo...; la única religión que hizo del mundo un paraíso terrenal..., porque el cristianismo... francamente, pichona..., es una religión... así..., muy lúgubre..., de..., de gente que ni come... ni bebe..., ni..., ni...

Belén abría de par en par sus magnéticos ojazos, sin comprender a qué venía todo aquello, ni qué relación guardaban con el caso presente los dislates que salían de mi boca. Pero yo no me reía de su cara entre atónita y curiosa, porque empezaba a no distinguirla tal cual realmente era. La buena moza me parecía más alta, más mujerona, más rica en colorido, y en formas más espléndida; sus labios eran del tamaño y color de una rosa gigantesca, hecha de llama y sangre... El resto de la figura lo veía al través de una bruma dorada y pálida, movible cortina salpicada de danzarines puntos blancos que incesantemente se entrecruzaban, bajaban, subían, se proyectaban en rocío de aljófar, como el chorro de agua al despedirlo el pulverizador... Me froté los ojos, porque aquella grasa sutil me los cegaba..., y entonces vi a Belén mucho menos. Solo sentí el aterciopelado contacto de su falda de peluche, sobre la cual me parece que recliné la frente para aletargarme.

XIX

Serían las doce de la mañana cuando empecé a despertar, con acíbares en la boca, las sienes estallando de jaqueca, el hígado pesado como plomo, y en el alma esa inexplicable desolación, ese pesimismo obscuro y hondo de los días que siguen a las noches orgiásticas. En medio de mi sopor, oía un ruidito semejante al que hacen las teclas del piano cuando se las hiere en seco estando el instrumento desencordado del todo; eran los tacones de la pecadora, que daba mil vueltas por el cuarto, en puntillas, y entraba de vez en cuando, para volver a salir con algún objeto en las manos o en la falda. Sin duda, a cada salida cuidaba de mirar hacia mí, pues al punto se dio cuenta de que yo estaba despierto, y llegándose e inclinándose a mi oído, murmuró:

—No hagas caso... Duerme más si se te antoja. Están ahí las prenderas, y las voy sacando a la sala las cosas, para que las vean y las ajusten.