Sonreí, me incorporé sobre un codo y murmuré con esfuerzo:

—Chiquilla, si vieses... No he comido hace bastantes horas... Dame un sorbo de vino, si lo tienes a mano.

¡La merienda que allí se armó en pocos minutos! Corrió la pecadora al comedor y a la despensa, trayendo copas, platos, cubiertos, pan, salchichón, ternera fría, botellas..., el descorchador.

—¡Ay, qué fortuna! —exclamaba a cada objeto que dejaba sobre el lavabo, o en el suelo, o donde Dios quería—. Pues si vendo hoy las botellas, me luzco... La Paca me las quiso comprar, y me decía la muy lagartona: «Suelta ese Champán, mujer, que tú no vas a bebértelo, y yo te lo pago a peseta botella.» ¡Mira que a peseta! Y costaron a quince cuando se trajeron el día de San Telesforo... Anda, que si las vendo..., se me desgracia ahora el lunche.

No tardó el lunche en organizarse, no escaso de bebidas ni de manjares, y a medida del deseo. Alborozada con mi presencia, Belén encendió las bujías color de rosa del tocador, echó a la puerta de la calle llavín y cerrojo, y se empeñó en que abriésemos desde el principio una botella de Champán, para que hubiese alegría y fiesta.

—Si se las han de llevar esas ladronas de solenidá en una mala peseta, bebámoslas, hijo..., que van mejor empleadas.

No sé si por lo desfallecido de mi estómago, o por virtud natural del vino juguetón, desde la tercera copa me pareció que se verificaba en mí un cambio singularísimo, cuyos efectos expliqué a Belén, que se reía, tomando mis explicaciones por efectos de la turca.

—Mira, salada, antes de entrar a verte, yo tenía sobre el corazón una envoltura gris, pegajosa y fría como las telarañas. Y desde que te he visto, la telaraña se me quitó, o, mejor dicho, fue volviéndose una gasa brillante, más fina y más dorada cada vez, que ahora es una espumilla de oro..., una espumilla que crece, y se alborota, y forma olitas, y me sube todo alrededor, como un mar...; pero ¡qué mar, ¡ay!, tan bonito! Nado en él..., floto..., no me sumerjo... ¿Lo ves? —añadía haciendo el ademán del que da paladas.

—Es la espuma de Champán propiamente —explicó la pecadora, riendo con libertina carcajada y sacudiendo su negro cabello fosco, semejante a melena de león.

—No..., no es el Champaña... No creas que confundo... El Champaña es líquido, hija..., y esta espuma de que te hablo me parece fluida..., un fluido universal... que lo penetra todo...